lunes, diciembre 11, 2023
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Crónica de Ferraz

RICARDO RUIZ DE LA SERNA,

Veo a esos chavales de veinte años caminar hacia Ferraz con las banderas y me recuerdan aquellos años en que íbamos a las manifestaciones contra ETA. Entonces era posible coincidir con socialistas que defendían la unidad de España y se oponían tanto a los terroristas como a los demás nacionalistas vascos; ya saben, los que agitaban el árbol y recogían las nueces. Eran los años de Mayor Oreja y Redondo Terreros. Recuerdo a Santi Abascal y a María San Gil. A muchos de los que ahora van de antifascistas, por cierto, no los vi nunca. Sabe Dios dónde estarían. Sí sabemos bien dónde estaban Arnaldo Otegui y sus amigos.

Todo cambió con Rodríguez Zapatero. El Estado empezó una progresiva claudicación ante ETA, sus terminales políticas y sus aliados nacionalistas. La cobardía de Mariano Rajoy y la miseria de Pedro Sánchez hicieron el resto. En lugar de derrotarla, le abrieron la puerta de las instituciones y posibilitaron su permanencia. Ahí siguen. Hoy son quienes controlan, junto a los golpistas catalanes, el destino de todos los españoles. Pedro Sánchez, presidente de un gobierno rehén de los enemigos de España, ocupa la zona cero de la ruina moral, que se extiende desde la calle Ferraz, sede del PSOE, hasta el Palacio de La Moncloa, por cuyo inquilinato ha hipotecado la unidad de España y la libertad y la igualdad de los españoles.

Desde hace más de dos semanas, a ese lugar de indignidad política sito en la calle Ferraz, van a protestar cada noche miles de ciudadanos. Llegan de todas partes. Vienen de las calles aledañas y de otros barrios del centro, pero también de la periferia. Concurren al centro desde las barriadas donde los Latin Kings y los Ñetas se dan de machetazos, y otros delincuentes, a quienes no se puede nombrar, campan por sus respetos. Llegan a Ferran porque —en torno a la amnistía, el referéndum y todas las demás partidas del precio que Sánchez ha pagado a los golpistas— está cobrando forma una nueva protesta. No cantan canciones de Jarcha, sino que llevan muñecas hinchables para recordar a todo el mundo en que se gastan el dinero ciertos socialistas. La «derechita macarra» dirige sus pasos hacia una España que no conocieron pero que añoran: la España del trabajo digno, de las familias, del piso en propiedad y las vacaciones en la playa o el pueblo, la España orgullosa de su pasado y confiada en su futuro, la España —en fin— de antes de que la miseria de unos y la tibieza de otros lo dejase todo hecho estragos. Aquel país era más austero —tal vez más pobre— pero más digno y a esta gente la dignidad le importa.

Abundan las parejas jóvenes, la gente mayor y los grupos de amigos. El ambiente era de una indignación alegre, de un pueblo que se sabe traicionado, pero se resiste con ingenio y buen humor. En los cantos laten la mala uva, la indignación contenida y la memoria. Aquí llega mucha gente que se acuerda de esa España que le arrebataron y muchísima que se niega a darla por perdida. Hay algo de goyesco en estos lemas, que rezuman la mordacidad de Mingo Revulgo la Panadera y las cantigas de escarnio y maldecir. Sin embargo, sería un error considerarlo una verbena. Aquí se nota el hartazgo de veinte años de traiciones y mentiras.

También se nota una misteriosa esperanza entre los concentrados que cada noche se dan cita. Cuando más duro les pegan, más los endurecen. El gobierno ha decidido recurrir al gas y la porra para disolverlos, pero las redes sociales reproducen cada noche cómo golpean a chavales que despliegan banderas, caminan o gritan sin usar violencia alguna. Aquí cobran hasta los periodistas —el otro día le pegaron a O’Mullony, director de La Gaceta— así que nadie puede considerarse a salvo de golpes. Poco antes un grupillo a los que les habían zurrado hizo un vídeo en que, sonrientes, resignificaban las consignas de los golpistas catalanes. «Apreteu» se ha convertido ya en una consigna contra la amnistía y por la unidad de España.

Esa esperanza se siente, con especial fuerza, entre los que rezan el rosario en las escaleras de la parroquia del Inmaculado Corazón de María. Se ponen en círculo y apenas tiene un megáfono. Tampoco les hace falta ruido ni petardos ni bengalas. Algunos se arrodillan. Frente a la consigna luciferina que grita «¡no serviré!», aquí se nota una vocación de servicio a España y a los españoles. Veinte años de educación progresista —«tú eres único e irrepetible», «no olvides que eres especial», «tú ya eres perfecto como eres»— no han logrado erradicar el sentido de comunidad que vive y ora junta, aunque no se conozca de nada. Algunas caras me suenan. Yo creo que los he visto rezando en las puertas de las clínicas abortistas. No sé. Muchos tienen el rostro inclinado en adoración. Aquí el centro es Cristo, que está al otro lado de estos muros, en el Sagrario.

A medida que avanza la noche todo se prepara para la carga en que la violencia viene, sobre todo, del lado del gobierno. Los alborotadores resultan cada vez más sospechosos y, cuando se los detecta, se los aísla. Suelen ser tipos jóvenes —pero no chavales— en buena forma física y con los rostros tapados. Van solos o en grupos pequeños. El sábado echaron a voces a dos de ellos. Ya saben lo que va a pasar después así que no hace falta que yo les describa los porrazos, ni el despliegue policial merecedor de mejor causa como, por ejemplo, la defensa de las fronteras. Sin ir más lejos, el viernes más de mil personas trataron de asaltar la frontera de Ceuta. Están claras las prioridades el gobierno.

Mientras me dispongo para lo que viene, pienso en estas canciones, en los rezos y las banderas. Me acuerdo de las burlas y de la gente que los desprecia diciendo que «todo eso no sirve para nada». Me viene a la memoria un texto de Jean Paulhan de enero de 1944 escrito en Los cuadernos de la liberación a propósito de los resistentes muertos en virtud de una denuncia o por imprimir un periódico: «Es que ellos estaban del lado de la vida. Es que ellos amaban cosas tan insignificantes como una canción, un chasquido de los dedos, una sonrisa. Tú puedes apretar una abeja con la mano hasta ahogarla. Ella no se ahogará sin haberte picado. Es poca cosa, dices tú. Sí, es poca cosa. Pero si ella no te picase, haría mucho tiempo que ya no habría más abejas».

No sé cómo terminará este ciclo de protestas, pero veinte años de políticas de izquierdas no han podido asfixiar el amor a España ni erradicarlo del corazón de esta gente.

No todo está perdido.

Fuente: La gaceta de la Iberosfera

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