Pasó lo que tenía que pasar. El sistema explotó, se acabó el dinero, no hay más espacio para imprimir billetes y los argentinos se hartaron de mantener vagos. Cada vez son más usuales las manifestaciones enérgicas contra los piqueteros que quedan registradas en las cámaras de los móviles televisivos, cada vez que se corta una calle. Lamentablemente, todo parece indicar que al no haber solución en el corto plazo, en cualquier momento se podría vivir una tragedia.
Esta tarde, miles personas (llevadas por agrupaciones kirchneristas y de la izquierda) cortaron varias de las principales arterias en los alrededores del ministerio de Trabajo. Exigen más planes y más subsidios, pero ya no hay recursos para seguir alimentando al monstruo. Que por primera vez piqueteros oficialistas marchen junto a las agrupaciones de izquierda deja en evidencia el desastre total de la situación.
En los alrededores de la concentración (que se formó como es de costumbre con cientos de micros que llegan desde el conurbano bonaerense) se vivieron varias situaciones de tensión y un sinnúmero de usuarios en las redes sociales denunciaron robos con arma blanca. Lo que también ya es imposible de ocultar es el hartazgo que tiene la población ante esta situación. Mientras que los que trabajan de sol a sol o los que perciben una jubilación (luego de esforzarse toda la vida) tienen serios problemas para subsistir, mientras que los que viven de planes sociales reciben fondos públicos sin ningún esfuerzo. Muchos porteños presenciamos hoy durísimos intercambios, entre las personas de trabajo y las que trabajan de manifestantes.
El modelo clientelar, que se profundizó con la llegada del kirchnerismo en 2003, ha hecho toda la curva, llegando al modelo de insustentabilidad para todos. Al principio, en los años de bonanza económica, el gobierno podía tener cautivo un sector del electorado, pero el aparato fue creciendo exponencialmente. Así como los beneficiarios de los subsidios se multiplicaron, también lo hicieron los gerentes de la pobreza, que ahora hasta extorsionan a los mismos gobiernos peronistas. Al día de hoy, ya no hay dinero para mantener los planes, no hay recursos en el mercado para endeudarse y cada peso emitido ya se traduce en tiempo récord en inflación.
No hay ningún lugar a dudas que este problema será uno de los principales del próximo gobierno. No solamente desde la cuestión macroeconómica, sino también de lo social. Es que, en Argentina, hay familias numerosas que ya tienen tres generaciones subsidadas que no conocen lo que es un empleo formal. Claro que ante esta instancia uno ya no puede negar que se tratan también de víctimas de un sistema, pero la ciudadanía parece que ya perdió la paciencia. “¡Agarrá la pala!”, es lo más liviano que le gritan en más de una oportunidad a los piqueteros acarreados en las manifestaciones que son cada vez más frecuentes. Cada vez que un micrófono se acerca a un conductor atrapado en medio del caos, la idea del hartazgo de “mantener vagos” está cada vez más presente.
La salida de este problema no será para nada sencilla. La experiencia de Juntos por el Cambio 2015-2019 dejó bien en claro que no hay tiempo para experimentos gradualistas y que hay que ir al hueso lo antes posible. Lo que lógicamente no puede faltar en el próximo gobierno, además de una fuerte desregulación de todos los mercados, es una drástica reforma laboral para los nuevos trabajadores. Cualquier otra receta que no produzca un efecto de shock como para poder incluir a los excluidos al mercado laboral, está condenada al fracaso.