sábado, abril 20, 2024
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Ay mama Inés…en Cuba ni azúcar ni café

El atraso en la distribución, después de conocerse que la industria azucarera se encuentra en terapia intensiva, está generando preocupación en los cubanos.
El cultivo del café, originario de la Península Arábiga o de Abisinia (Etiopía), transitó por Europa de donde llegó al Caribe. Según algunos estudiosos a Cuba fue traído de la isla La Española en 1748; otros afirman que fue de Puerto Rico en 1769. Todos coinciden en que su cultivo se inició en las afueras de La Habana, más para preparar una bebida a base de la fermentación del grano que para su cultivo comercial.
La característica favorable de los suelos cubanos y la ruina de Haití —resultado de la revolución de 1791—, que en esa época era la primera productora y exportadora mundial de café beneficiaron a Cuba. Miles de los colonos franceses que huyeron de la violencia se establecieron en las montañas del sur de Oriente, donde aún se cultiva la mayor parte del café cubano.
El aumento de la producción fue tal que para 1830 ya Cuba había ocupado el lugar de Haití como la primera exportadora de café del mundo. Sin embargo, el hábito de su consumo aumentó de tal forma que obligó a importar para satisfacer la demanda interna.
El impacto de la producción y de su consumo en la vida nacional se reflejó en producciones artísticas como el estribillo: «Ay Mamá Inés, ay Mamá Inés, todos los negros tomamos café», inmortalizado por la peculiar interpretación de Bola de Nieve, y la poesía «La flor del café», de Plácido.
En el siglo XX, por diversas razones, nuevamente la producción fue incapaz de garantizar el consumo. Para solucionar el déficit se dictaron varias medidas que permitieron en 1930, durante el Gobierno de Gerardo Machado, cubrir la demanda interior y reiniciar la exportación. Y en 1940 ya Cuba había recuperado el primer lugar en la exportación mundial.
En 1951 se produjeron 32.844 toneladas, una cifra superior a lo que aspira el actual Gobierno cubano para el año 2030. El mayor salto se produjo en la cosecha 1960-1961, cuando las siembras de los años anteriores permitieron producir 60.000 toneladas. Sin embargo, 50 años después, en 2010, la cosecha se redujo a la décima parte: 6.000 toneladas, lo que obligó por tercera vez a importar café para cubrir el consumo.
En diciembre de 2010, Raúl Castro expresó: «En el próximo año no podemos darnos el lujo de gastar casi 50 millones de dólares en importaciones de café para mantener la cuota que hasta el presente se distribuye a los consumidores, incluyendo a los niños recién nacidos. Se prevé, por ser una necesidad ineludible, como hacíamos hasta el año 2005, mezclarlo con chícharo, mucho más barato que el café, que nos cuesta casi 3.000 dólares la tonelada, mientras que aquel (el chícharo) tiene un precio de 390 dólares».
En la cosecha 2011-2012, desatendiendo las atenciones culturales a las plantaciones, se extendió el periodo de recogida del grano. Se cosecharon 7.100 toneladas, pero con afectaciones para las siguientes cosechas. La zafra de 2013-2014 retrocedió nuevamente hasta 6.105 toneladas. Sin realizar los cambios necesarios se planificó, a partir de 2015, unas 15.000 toneladas anuales, que nunca se alcanzaron. Para recuperar lo perdido —sin atender las causas del declive—, se programó alcanzar 24.000 toneladas para el año 2020, que es la cantidad mínima para cumplir con las exportaciones y satisfacer la demanda interna. En 2019-2020 no se llegó a las 9.000 toneladas, una cifra seis veces menor que la cosecha de 1960-1961. Y Cuba continuó con la necesidad de importar café para el consumo interno, pero ahora sin divisas suficientes para adquirirlo.
Es decir, en el siglo XIX y en el XX Cuba perdió la condición de primera exportadora de café del mundo y, sin normar su consumo, sin limitarlo a los mayores de siete años, sin mezclarlo con chícharo, sin contar con miles de ingenieros agrónomos y forestales, y sin la visita de altos funcionarios a los cafetales, se recuperó esa posición. La pregunta es: ¿Por qué después de 1959, además de la incapacidad para satisfacer las necesidades con la producción nacional, la distribución mensual comienza a desplazarse de los primeros a los últimos días del mes?
La respuesta
Antes de 1959 los productores vendían sus producciones y compraban los insumos necesarios libremente. Con el respaldo legal de la Constitución de 1901 y después con la de 1940 crearon asociaciones para su defensa. Por ejemplo en 1934 se institucionalizó la colegiación obligatoria de las asociaciones de productores, entre ellas la Asociación Nacional de Cafetaleros de Cuba, que fue vital para los resultados obtenidos por ese sector.
Después de 1959 fueron confiscados la mayor parte de los cafetales privados. Se prohibió a los productores comerciar y adquirir libremente los insumos necesarios con nacionales o extranjeros; se les obligó a vender al Estado casi el total de la producción a precios impuestos; se impusieron innumerables trabas y controles; fueron desmanteladas todas las asociaciones independientes para la defensa de los productores; y estos fueron sometidos a un orden constitucionalizado que prohíbe la concentración de riquezas e impone la planificación centralizada. Y con todas estas medidas no se puede obtener otro resultado que la ruina de la producción cafetalera.
Dos pruebas de las verdaderas causas:
Primera: Vietnam. Después de la devastación sufrida por la guerra en ese país, técnicos cafetaleros de Cuba enseñaron a los vietnamitas a producir el grano. Ahora Vietnam es un gran exportador mundial de café, mientras Cuba importa miles de toneladas, precisamente del país alumno. El secreto: los asiáticos introdujeron la economía de mercado; los cubanos insisten en la economía estatal y centralizada.
Segunda: durante la Administración Obama, el Departamento del Tesoro de EEUU anunció la disposición de comprar café cubano directamente a los productores. En respuesta, la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), en cumplimiento de la misión que el Partido Comunista (PCC) le tiene asignada y sin consultar a ningún cafetalero, negó esa posibilidad, que hubiera beneficiado a los productores, a la producción y a la economía de la nación.
Entonces, la preocupación es lógica: si no se cambia lo que se sabe que hay que cambiar, el café desaparecerá de la cultura del cubano. Mientras que los más pobres, que hoy están en la tercera edad avanzada, recordarán con tristeza la época en que compraban tres centavos de café y dos de azúcar, sin mezcla ni retrasos.
Fuente: Diario las Américas
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