martes, mayo 21, 2024
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Carreteras secundarias

ITXU DÍAZ,

He cruzado la provincia por carreteras secundarias como hacía antaño. Sin más rumbo que un trozo de mar ni más compañía que un cuaderno para escribir. Lo de conducir sin dirección ahora lo hago menos porque quiero salvar el planeta. En realidad, sólo quiero salvarme de los precios de la gasolina.

En el camino, a derecha e izquierda, decenas de carteles de la campaña gallega enmohecen entre humedades y desgarros. En la playa, orilla atlántica, ni resto de pélets. Es el mejor recordatorio de la indignidad infinita de cierta política durante las campañas electorales, y luego también.

Arena invernal, humedad que te cala los huesos, y el cielo hecho una maraña de hilos grises y negros. Solitarios meditabundos, paseantes de perros y aspirantes a corredores de maratón. Y el vaivén del mar, furia y espuma, la canción del verano del invierno informativo. El oasis de frío en la semana de los teletipos calientes.

Tomar distancia y tomar medidas. Café para llevar y tinta nueva. Tarde apacible entre dos frentes violentos, que el tiempo aquí es una alegoría de la actualidad delictiva que rodea al Gobierno. Horas de pausa, tensa espera, entre el frente lluvioso y el temporal ventoso, entre la última hora de la corrupción, y la primera hora del golpe de Estado. España, bellísima en esta esquina marinera de marzo, sufre impotente las consecuencias dolorosas de estar en manos de un desquiciado.

Por lo demás, mi único contacto directo con la actualidad de la vida política práctica desde este limbo es un cruce mal señalado. O, por ser preciso: con la señal oculta por un montón de maleza. A punto ha estado de costarme un golpe con el coche, y salir sin dientes del inofensivo reto de escribir una columna junto al mar. Pensamiento instantáneo: es muy probable que en este pueblo, casi ciudad, el único cometido realmente importante que debería desempeñar el alcalde es mantener las señales a la vista, sin ramas y arbustos delante. Por supuesto, ni eso es capaz de hacer. Sin embargo, compruebo que sí ha tenido tiempo de pintar de colorines los bancos, y llenar todo de carteles con iniciativas municipales de diferente pelaje sobre empoderamiento feminista. Cuestión de prioridades: mis dientes o su wokismo paleto.

Cae la noche como en una canción de Carlangas. De vuelta del mar, al atravesar el viejo polígono, la intensa actividad en las horas de la pereza. El círculo de los camiones gigantes que entran y salen, y el cambio de turno de los vigilantes de seguridad. El café que se alza entre las fábricas late con alma de miércoles de Champions. El ocio condicionado de los que comienzan la jornada, si es nocturna, o la terminan. El tipo de españoles que hacen que la rueda gire, que producen en los días propicios y en los que no, que pagan en impuestos el dineral con el que otros visitan lupanares y cambian de coche, afilando el noble arte socialista de las mordidas. Melancolía de una injusticia.

En el retrovisor todavía el mar tembloroso —si existe algún polígono en España que no tenga el asfalto roto en mil pedazos será un milagro—. Y una brizna del día que intenta resistir a la noche tras las puntas de las rocas. La sensación de haber llenado un poco el pecho con el aroma marinero y la brisa de salitre y espuma. La sensación, también, de que lo vamos a necesitar. Al otro lado de la noche nos espera la paradoja: entrará el día con sus luces y esperanzas propias de un tiempo nuevo, y España caerá sumergida otra vez en la noche de la consumación de la gran traición del Gobierno. Tendremos que denunciarlo mil veces. Tendremos que impedirlo. Tendremos que revertirlo.

Por suerte, mientras me pierdo en las sendas secundarias en el camino de vuelta —cada día veo menos—, medito con una levísima sonrisa que la historia de España es también la historia de sus héroes. Por eso sé que volveré, más pronto que tarde, a esta bahía atlántica en otra tarde de paz, a festejar, en medio de una calma eufórica, una nueva victoria de los españoles de bien, los nuestros.

Fuente: La gaceta de la Iberosfera

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