jueves, febrero 22, 2024
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El canto del cisne globalista

ITXU DÍAZ,

Los agricultores están hasta el alcornoque de que las gallinas que entran no compensen a las que van saliendo, porque a la puerta del gallinero hay varias zorras locales y europeas cobrándose piezas sin permiso, y permitiendo que las gallinas de otras latitudes circulen libremente sin amenazas. El asunto de las gallinas robadas los tiene hasta los huevos y quieren enviar de una vez a los saqueadores a escardar cebollinos.

Conocen bien a los que envían a las zorras a sus gallineros y saben que tienen más conchas que un galápago, que venderían a su madre por un plato de lentejas, o de votos, pero esta vez se han prometido que no comulgarán con ruedas de molino climáticas y burocráticas al menos hasta la semana que no traiga viernes.

Por más que al entramado legislativo verde patrio y comunitario aún le queda el rabo por desollar, quieren al menos tener la seguridad de que hoy y ahora, antes del cataclismo climático, la lluvia ácida, la explosión de los pastelitos de merengue, y el Apocalipsis 2030, alguien les garantice que podrán hacer su trabajo, y hacerlo en igualdad de condiciones a los demás que pastorean gallinas por estos lares.

Cada vez que a alguno de ellos le plantan un micrófono frente a su tractor, acusa directamente a los que están en el ajo, a los que se creen que todo el monte es orégano, a los que en campaña se pasan de sol a sol haciendo promesas electorales que finalmente se convierten en agua de cerrajas y, tras el paso por las urnas, si te he visto, no me acuerdo, y a otra cosa mariposa.

También son, burócratas de que se adornan con plumas de pavo real, expertos en matar moscas a cañonazos, pues las normas que afligen a las gentes del campo son inmensos entuertos que podrían, o no, solucionar diminutos y confusos problemas. No han pisado jamás un monte, ni saben lo que es un camino rural, ni cuántas patas tiene un gato, ni distinguir el maíz de la alcachofa, pero a la hora de legislar desde sus despachos enmoquetados, y aromatizados con perfume de flores del campo, se meten de hoz y coz en las vidas y haciendas de los que se levantan con el alba a echar el quilo bajo el cielo raso, a los que trabajan más que un burro de carga para que ellos tengan los mejores y más competitivos productos en la hilera del supermercado, o en el restaurante de lujo.

Lejos de escuchar, de empatizar, o al menos de practicar eso de que en boca cerrada no entran moscas, los responsables de la sangría del sector han respondido a las protestas colgándoles el mochuelo de todo, convirtiendo a víctimas en verdugos, y acusándoles de ser el garbanzo negro de la agricultura y la ganadería, unos títeres de la extrema derecha, unos señoritos del campo y no verdaderos trabajadores, y que necesitan más palos que borrico de yesero. Tras meterse en el berenjenal y leerles la cartilla a los manifestantes, han mudado de casaca, y con las orejas gachas empiezan a temer que, a pesar de sus ofensas, los manifestantes no van a retirarse, y a fin de cuentas, a todo cerdo le llega su San Martín, y no hay duda de quién es el porcino en esta contienda.

Más listos fueron en Europa, que a veces parece que oyen crecer la hierba, y ante la proximidad de las elecciones, trataron de irse por los cerros de Úbeda retirando la propuesta de reducir a la mitad el uso de pesticidas, sin que su intento de ordeñar la cabra de las urnas no haya sido más que un canto de sirenas, pasajero como nube de verano. Y es que habría que recordar a la amante de los ponis, que quien siembra vientos recoge tempestades, y en el campo más aún, que paradójicamente no es el profesional de tan duro sector alguien fácil del llevar al huerto, y que no son todos ruiseñores los que andan entre las flores de Bruselas.

Esto que nace del corazón del rural, tal vez sea el comienzo de algo. Mientras los del campo se defienden a capa y espada, por sus gallinas, que son las tuyas y las mías, crece la sensación entre los españoles de que era verdad lo que tanto cacareaban los de revalorizar la soberanía nacional, porque al fin, ya lo ves, quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro.

Fuente: La gaceta de la Iberosfera

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