jueves, mayo 23, 2024
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Milei y el arte de lo imposible

Escritor Invitado,

En una reciente y extensa entrevista con el periodista Alejandro Fantino, el presidente argentino insistió en un mensaje que transmitió en la apertura de sesiones, al parafrasear su propio discurso. Vale la pena aquí transcribir dicho fragmento, a los fines de intentar comprender a Javier Milei y el porvenir del Gobierno:

“Nosotros venimos a poner nuestra energía en construir lo nuevo, pero quiero decirles a todos los que están acá y a quienes nos están mirando que si lo que buscan es el conflicto, conflicto tendrán”.

De esta manera, si bien Milei describió la forma en la que viene gobernando desde que asumió la presidencia, la alusión a sus propias palabras fue, precisamente, a los fines de advertir que continuará “sin desvíos” por el mismo camino. El anuncio es claro, Milei no le teme al conflicto: en pocos meses de gestión, confrontó con líderes sindicales y de movimientos sociales; partidos de izquierdas; dirigentes del peronismo y el radicalismo; artistas y autodenominados representantes de la “cultura”; periodistas; parte del Congreso de la Nación; un buen número de gobernadores; y, recientemente, con otros jefes de Estado de la región como Gustavo Petro (Colombia) y Andrés Manuel López Obrador (México).

En efecto, la disposición confrontativa de Milei, por él mismo reconocida, es sin embargo permanentemente tergiversada por periodistas, analistas, opositores y críticos de todo tipo. Las observaciones sobre los “rasgos de la personalidad” o la “psicología” del presidente abundan, y son expuestos como pretendidos criterios de rigor en absurdos intentos por vincular directamente lo “impulsivo”, el “capricho”, o su presunto temperamento “inestable”, con la toma de decisiones del Gobierno. En este sentido es innegable que, a grandes rasgos, Javier Milei es la misma persona que era antes de detentar la presidencia de la nación. Eso por supuesto incluye al Milei que discutía efusivamente en televisión, con varios panelistas a la vez, hace apenas unos años atrás, o a un Milei muy similar al que vimos en la citada entrevista: relajado y respondiendo preguntas sin especular sobre lo que un focus group podría recomendar. Él mismo tomó de ejemplo dicha situación, y el manejo que hace de sus redes sociales fortalece dicha postura. Esto último no implica, empero, que el rumbo del oficialismo esté marcado por la misma lógica espontánea con la que el presidente reacciona a mensajes en la red social X (ex Twitter), o responde a las preguntas de un entrevistador.

Así las cosas, el foco puesto en su personalidad, junto a la citada actitud confrontativa, condujo a muchos a acusar a Javier Milei de ser un exponente de la anti-política: esto es, la mirada según la cual Milei buscaría construir poder por fuera de los contornos de lo político que la democracia permite. Nada más alejado. No existe en el Gobierno el grado de improvisación que esto supondría, ni mucho menos, como el mismo Milei aclaró frente a la consulta de Fantino, la posibilidad del “cierre del Congreso”. Sucede que el presidente, dado su cargo, ineludiblemente hace política, y el conflicto es inherente a la misma. Lo confrontativo en Milei no solo es consciente, sino que es parte necesaria del proyecto gubernamental que encabeza. La nueva política que vino a practicar requiere que lo que en nuestro país se entendía por “diálogo”, “consenso” y “acuerdos tácitos”, asociados hoy a ropajes de la vieja política privilegiada, sean dejados de lado para dar lugar al verdadero cambio. El cambio que la coalición que lideró Mauricio Macri fue incapaz o no se animó a llevar adelante. Tal vez eso explique el desprecio de Milei hacia las formas tradicionales de la política argentina: a sus ojos y de quienes lo apoyan, el persistente reclamo de una fracción de la clase política (la “casta”) sobre los modos y las “instituciones”, en verdad esconde la preocupación por la conservación de un perimido statu quo del cual son beneficiarios.

En este marco, la conocida noción de la política como el “arte de lo posible” fue objetada por el régimen libertario tan pronto se hizo con el poder. En su breve libro, En defensa de la intolerancia, el filósofo esloveno, Slavoj Zizek, sostiene que la “verdadera política es exactamente lo contrario” a la citada definición: la verdadera política “es el arte de lo imposible, cambia los parámetros de lo que se considera «posible» en la constelación existente”. El semblante revolucionario que envuelve al Gobierno es, con esta concepción, ratificado. El rechazo a la aprobación de la Ley de Bases y el parcial rechazo al DNU son, bajo esta lógica, prueba de la resistencia que ejerce el sistema por mantenerse dentro de los márgenes de “lo posible”. La retórica empecinada en “administrar mejor” aquellas instituciones del Estado que el Gobierno decidió cerrar, asimismo, forma parte de los vicios de la “constelación existente”. “Negociar” para “manejar de modo más eficientemente” nunca puede ser una solución real en la impronta revolucionaria surgida a partir del 10 de diciembre. Ser un outsider y no haber tenido gobernadores ni “estructura”, por el contrario, se convirtieron, en este renovado entendimiento de la política, en virtudes.

Comprender, en definitiva, que la política puede ser algo radicalmente distinto a lo que en Argentina se instituyó hace ya muchas décadas, equivale a empezar a entender el rumbo del oficialismo. Reconocer, además, el daño que las ideas socialistas, colectivistas y estatistas hicieron al país, posiblemente implique acercarse a la interpretación de la política del presidente Milei, y, más importante aún, a su persistente determinación en transformarla definitivamente. Las ideas que Javier Milei representa están en juego, la historia de nuestro país advierte que el riesgo es alto, pero vale la pena el intento.

Fuente: Panampost

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