sábado, abril 20, 2024
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OPINIÓN- Javier Prada: «El miedo paraliza al pueblo cubano»

El pueblo que somos, y el que creemos que somos
Entre muchas otras patologías, la crisis ha destapado una especie de bipolaridad entre los cubanos. Quien los escucha en las colas, expresando su mala voluntad contra el desgobierno de Díaz-Canel y sus inútiles ministros, no se explica cómo la gente no está en la calle, dando guerra hasta que esto se caiga. La dictadura puede mentir todo lo que quiera a través de sus medios de comunicación, pero la realidad es innegable. El apoyo popular es una mentira tan grande como la soberanía alimentaria o la letanía de que “se están dando pasos” para mejorar lo que sea.
La más reciente bajeza pronunciada por el ministro de economía, Alejandro Gil, ha acomplejado a no pocos cubanos que dicen ansiar la oportunidad de sonarle “par de galletazos” por tamaña desfachatez. Pretender, con su barriga compacta y ancho rostro que es “un cubano de a pie”, ha sido una de las peores ofensas lanzadas por el ministro a los miles de insulares que duermen en las colas e intentan mantener el ritmo frenético de la supervivencia aguantando dolores por la escasez de medicinas.
Motivos hay de sobra para tomarse mal sus palabras. Sin embargo, el insulto con que han reaccionado los cubanos al cinismo de Gil, es el signo opuesto a la pasividad ciudadana que se aprecia en un video, grabado con evidente temor, donde cuatro oficiales de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) someten de forma muy violenta a un muchacho. Incluso uno de ellos le propina dos fuertes golpes en el estómago mientras los otros lo sujetan.
Todo ocurrió delante de vecinos que únicamente abucheaban y repetían: “no le den”. Un chico, tan joven como el agredido, se plantó delante del oficial más violento para decirle que dejara el abuso, y por toda respuesta se llevó una sarta de puñetazos a discreción. Nadie hizo nada. El mismo pueblo que se ofende por la insolencia del ministro de economía y dice estar dispuesto a partirle la cara, se queda inmóvil cuando la policía la emprende a golpes contra adolescentes desarmados.
El video en cuestión hace saltar de impotencia a cualquiera. Los miembros de la PNR ya superaron por mucho a la policía de Batista. Las pocas personas que vivieron esa época y todavía conservan sus recuerdos intactos aseguran que los batistianos eran “de anjá”, pero lo que se está viendo los dejó en pañales; así como Fidel Castro superó en horror y crueldad a su predecesor.
La prensa independiente no puede acceder a las cárceles para reportar lo que allí sucede, pero abundan los testimonios sobre abusos y torturas a los presos políticos del 11 de julio. Aunque los cotorrones del oficialismo se presten para maquillar los hechos, o simplemente negarlos, ¿quién podría poner en duda la veracidad de esos relatos después de ver cómo se comporta la policía en las calles, a plena luz del día, delante de todo el mundo?
Es lastimoso ver el grado de violencia que podría sufrir cualquier ciudadano en cualquier momento; pero peor es comprobar que el miedo sigue paralizando a la gente ante tanta injusticia. La cobardía del pueblo garantiza la impunidad de los sicarios de la PNR y sus superiores, incluyendo la Seguridad del Estado. No hay mayor insulto ahora mismo que las condenas a los manifestantes del 11 de julio, ni el aplomo con que el ministro de a pie dice que las tiendas en dólares seguirán abiertas, ni el código penal extremadamente severo que han preparado para asegurarse de que Cuba jamás tenga ciudadanos en el estricto sentido del término.
Es tonto fantasear con arriarle una golpiza a Gil o a Murillo cuando no se tiene el coraje de hablar públicamente de las causas por sedición que ahora mismo están tronchando juventudes. Los cubanos se encuentran todavía lejos de empezar a cazarles la pelea a los esbirros de la dictadura, sea cual sea el órgano represor al que pertenezcan. No tiene sentido aspirar a romperles la cara a los ministros que se desplazan en carro y rodeados de personal de seguridad, cuando en la esquina están los policías que extorsionan a una madre colera, a un carretillero que no tiene licencia, o a una anciana que revende cigarros para permitirse dos comidas diarias.
Esos abusadores desandan los barrios con su porte de narcojefes, como los delincuentes que son en realidad; pero no les lanzan una piedra, ni les gritan un insulto. Lo mismo pasa con los chivatones. Todo el mundo sabe quiénes son y el daño que causan, pero en lugar de ponerlos en jaque los dejan hacer. Nadie, ni siquiera los guapos que propinan galletazos imaginarios a los ministros, les hacen pasar un susto.
Hay un abismo entre el pueblo que creemos ser y el que realmente somos. No se entiende tanto malestar porque Gil se dijera cubano de a pie, si al paso que vamos terminaremos descendiendo hasta la alcantarilla.
Fuente: Diario las Américas
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