viernes, abril 12, 2024
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OPINIÓN- Luis Beltrán Guerra: Las convenciones constituyentes

En páginas diversas apreciaciones históricas en lo concerniente a la esencia de “las constituciones”. El PHD de Columbia University, Gabriel L. Negretto, indica aspectos concluyentes en las latinoamericanas:  origen político, esquema legal, naturaleza del Constituyente, carácter de la representación e involucramiento ciudadano. Heterogeneidad, la pauta en los semblantes que acota el académico.
Es espinoso negar la particularidad de esos países, devenidos de las guerras en aras de sus independencias, sazonados con la misma receta del personalismo y en ello prosiguen. Gente afable, luchadora, con vocación para educarse, creyente y temerosa de Dios, afincada a la vida matrimonial y la legitimidad de los hijos, patrón bajo el cual se les educa. Herederos de una rica lengua, la segunda en EE. UU. Por supuesto, no exentos de las peculiaridades de la humanidad, cuyos cambios son evidentes.

En el contexto institucional, la ausencia de una voluntad política uniforme, alejada de los personalismos, como lo evidencia el uso y abuso de “las convenciones constituyentes”, para la conformación, condición y objetivos como sociedades reales, cuyos intentos es triste calificar como fallidos. No hay un país con “regímenes constitucionales estables”, más, por el contrario, “el bamboleo” ha sido la regla. La Ley a merced de caudillos, pero, también, de presuntos demócratas por la anuencia de parlamentarios y jueces. Sin olvidar que muchas veces es el propio pueblo el del hábito, ignorando que lo hace. La infinidad de ocasiones para coordinar pasiones humanas, en aras de la paz y el progreso, no ha sido satisfactoria, por lo que iniciativas para generarlas, al mencionárseles, despiertan gestos irónicos. Pocos creemos en ellas. El continente es el de más “convenciones constitucionales”, pero, concomitantemente, donde menos han sido fructíferas. La rutina, escriturarlas, “la consuetudine”, acomodarlas al interés egoísta. Muy poco en aras del colectivo.
Pareciera oportuno, entonces, indagar si lo que corresponde primero son “las convenciones constituyentes” para la conformación de los pueblos, o si sería más pragmático que estos asimilen aceptables niveles de igualdad social para un cierto grado de ciudadanía. Algo de ello pareciera observarse en el libro La gran brecha, del Premio Nobel de Economía, Joseph E. Stiglitz. A la Ley de Leyes se acude para resolver crisis tanto en dictaduras como en democracias incipientes. El marcaje diferenciador, los dictadores acceden al poder de manera arbitraria y las últimas induciendo a un pueblo a sufragar, el cual cada vez lo quiere menos. Esto último, característica peculiar de democracias, poco entusiastas. Más bien, en decaimiento.
Es que todo se ha alterado, incluyendo el tradicional “golpe de estado” en “las democracias aparentes”, hoy tipificado por elecciones amañadas, legisladores a dedo y jueces cuya incompetencia ocultan con fallos que sustentan al dictador. El “amarre”, cerrado con “legitimidad nominal”. El apoyo popular, la última tuerca para el ensamblaje perfecto, saciar necesidades ingentes a cambio de sufragios. El vil populismo.
Ha de tomarse en cuenta que estos países no han logrado, tampoco, compactarse en un bloque, metodología para que avancen, se les escuche y negocien con la jerarquía y autoridad necesarias en el escenario internacional. A una diversidad de opciones han acudido, despertando muy pocos interés en el conglomerado de naciones, salvo en lo que respecta a aquellas por intereses particulares.
Las democracias han atraído menos que las dictaduras, por la facilidad de estas últimas en el drenaje al patrimonio de grandes corporaciones extranjeras. Las apreciaciones en lo que respecta a la economía son variables. Se acota que “las perspectivas de crecimiento para el 2022 son sombrías”, pues se avecina una resaca de deuda, acompañada de un incremento inflacionario. Las limitaciones presupuestarias incidirán en protestas sociales, como en Colombia el pasado año.  En igual contexto, no pueden dejarse de lado, los resultados de las presidencias en Perú y en Nicaragua y las expectativas en Bogotá y Brasil. Pero, preguntándonos “el por qué han surgido y cuál la razón por el temor”, lo cual conmina irremediablemente a un “mea culpa”. Justificadas, bastantes décadas después cuesta aceptar que en Argentina, otrora la 6ª economía del mundo, todavía a merced de algo que llaman “peronismo”, a cuyo creador el profesor Nicolás Márquez califica “El fetiche de las masas”.
Pero antes de llegar a “la Patagonia” suenan, también, “los ismos”, castrismo, chavismo, madurismo, correísmo y noriegismo y pare usted de contar. Serán sustantivos o adjetivos o es que al nombre del “jefe” le adicionan las letras “ismo” robándosela al “comunismo”, para reafirmar lo catastrófico. En los titubeos “todos cuestionados” y sin excepciones. Mención especial merece el caso de Chile, país tan particular gobernado por el cándido Dr. Allende, “el prusiano” Pinochet, la socialista Bachelet, el millonario Pinera y en vísperas de la conjunción de una “convención constituyente y el joven Boric, presidente”. Para nada malo la ocasión, pero corresponde a la realidad demostrarlo. Ese es el quid, común en nuestro continente.
En África, donde a la democracia le falta bastante para oler bien, están al día “los golpes de Estado” en Malí, Guinea-Conakry, Burkina Faso y Sudán, escuchándose una tenue voz para constitucionalizarles, a pesar del dominio de Al Qaeda y el Estado Islámico. Un largo camino rogando a sus diversos Dioses por “convenciones constitucionales” eficientes. “Non sara facile”.
Las constituyentes, no puede negarse, que mantienen su vigencia. Demandan de una ciudadanía real, capaz de entenderla, construirla, defenderla y vivirla. Son un camino para la consolidación de los pueblos.
Probarlas no es ninguna locura.
Ese es el reto.

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