miércoles, junio 19, 2024
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Un Gobierno preocupado por la verdad

CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ,

Es un hallazgo soberbio enterarnos de que tenemos un Gobierno que se preocupa por la verdad. Es uno de esos acontecimientos que en la historia de las democracias establece un hito fundante. Vivir bajo el amparo de un Gobierno que te garantiza una versión fidedigna de las cosas, qué maravilla es. A partir de este momento, ya podemos considerarnos los privilegiados beneficiarios de una democracia avanzada. Esto era lo importante. No que la delimitación entre los distintos poderes del Estado estuviera férreamente garantizada. No que existiera un vínculo directo de responsabilidad entre el elector y su representante. No que los políticos se atuvieran a un estatuto de igualdad ante la ley homologable al del común de los mortales. No. Lo importante era la verdad.

Pero ahora, al mismo tiempo, Zapatero dictamina: «La democracia antes que la verdad». Es decir, lo que decida la mayoría antes que la sujeción a la realidad de los hechos. ¿No es esto un poco paradójico? Para unos, prevalece la verdad; para otros, la voluntad soberana del número es la clave: el sometimiento del destino colectivo a los flujos —manipulables y manipulados— de la estadística. Y unos y otros, reivindicando lo mismo y lo contrario, bajo el paraguas de las únicas siglas partidistas que, en España, permiten a quienes las esgrimen hacerse con el entero dominio de la realidad.

Todo esto parece violentar la lógica, pero, a la vez, encuentra una explicación posible si pensamos en la naturaleza del régimen bajo el que hemos acabado viviendo. Un régimen para cuya catalogación, una vez comprobada la insuficiencia de las categorías políticas al uso, no nos queda más remedio que echar mano del arsenal terminológico que nos proporciona la psiquiatría. ¿Quiénes nos avisan del peligro que para la democracia supone la desinformación? Los manipuladores del CIS. ¿Quiénes hablan de «máquinas de fango» para denunciar la propagación de falsedades? Los mismos que utilizan en su privativo beneficio los medios de comunicación públicos y el reparto multimillonario de la publicidad institucional. ¿Quiénes se indignan contra los supuestos bulos y amenazan a los medios no afines con querellas judiciales y leyes de censura previa? Los que empeñaron su palabra en que jamás pactarían con el brazo político de los terroristas ni concederían la amnistía a los perpetradores de un delito contra la integridad de la nación.

¿No es éste un mundo de locos? En cualquier caso, es un mundo cuya existencia sólo se puede explicar si antes se está dispuesto a reconocer el logro portentoso de quienes lo han diseñado, y que no es otro que éste: que lo real coincida con sus modelos de simulación. Esto significa que tanto la realidad como el lenguaje han dejado de tener entidad propia. Lo que cuenta son los simulacros que fabrica la propaganda. ¿Y la ideología? La ideología es ya sólo el subterfugio de un poder encanallado. Una pantomima grotesca. Una retórica embustera. Pues su finalidad no es obrar una sociedad más justa y habitable, sino el desmantelamiento, una pieza tras otra, del edificio que nos cobija.

Si un Gobierno que ha hecho de la mentira la herramienta fundamental para mantenerse en el poder dice estar preocupado por la verdad, es que, como sociedad, hemos ingresado en el terreno de los desórdenes mentales. No lo duden: nos consideran aptos para sus experimentos psicológicos. Saben que, como los perritos amaestrados en que nos han convertido, pueden ponernos a todos a bailar con la música que en cada momento les convenga. Bien, pero todo esto tiene un precio, y habremos de hacerle frente antes o después. El esbozo de estas líneas ha coincidido con la oportunidad que he tenido de ver la impresionante Chernobyl, serie estrenada hace ya algunos años. El argumento, como es natural, gira alrededor de la catástrofe que desencadenó el accidente de la central nuclear ubicada en Ucrania, por entonces una de las repúblicas soviéticas. Sin embargo, la trama alberga otra segunda capa de lectura, mucho más sugerente y aleccionadora. El estallido del núcleo de la central es en realidad la metáfora de la voladura de todo un sistema, el derrumbe fulminante de una sociedad que se había acostumbrado a ser alimentada con las patrañas que le suministraba el Partido. El despertar a la realidad fue de una brutalidad insólita. Resultó que el paraíso socialista era una cáscara rellena de podredumbre, administrado por camarillas de burócratas apoltronados que en el momento crítico no supieron hacer otra cosa que lo que siempre habían hecho: mentir.

Una escena de Chernobyl lo explica todo. En las horas inmediatamente posteriores al accidente, cuando aún era posible tomar medidas que mitigaran el alcance de la devastación, se reúne un pequeño comité de gerifaltes locales para decidir qué hacer. Todos, menos uno, se empeñan en negar la evidencia. Hay una atmósfera de pánico soterrado no frente a los efectos de la explosión, sino ante las posibles consecuencias que para aquellos individuos ciegos a la terrible magnitud de lo que está sucediendo podría acarrear el accidente.

Entonces toma la palabra el miembro más veterano del comité y lo que dice representa la exacta definición de un régimen en el que la razón y la verdad se han extinguido para siempre: «Si el Estado nos dice que la situación no es peligrosa, tengan fe, camaradas. Mi experiencia me dice que cuando el pueblo hace preguntas que es mejor que no sepan, debemos decirles que se centren en su trabajo y que dejen los asuntos de Estado al Estado. Sellemos la ciudad, que nadie salga, cortemos la propagación de la desinformación. Sí, camaradas, seremos recompensados por lo que hagamos esta noche. Es nuestra oportunidad de brillar».

Así, queridos lectores, suena la voz de un gobierno que dice preocuparse por la verdad: «Dejemos los asuntos del Estado al Estado». Y una inmensa nube tóxica acabará envenenándolo todo.

Fuente: La gaceta de la Iberosfera

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