martes, mayo 21, 2024
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Y así es como cayó (casi) mortalmente la derecha

Esta semana el famoso presentador e influencer Ben Shapiro dedicó una de sus presentaciones a explicar a sus millones de seguidores que en las próximas elecciones iba a apoyar activamente la candidatura de Donald Trump: «Como la mayoría de ustedes saben, voy a votar por Donald Trump en noviembre” y prosiguió «Donald Trump es el hombre que se interpone entre Estados Unidos y un segundo mandato de Joe Biden, y un segundo mandato de Joe Biden significa que Estados Unidos está en graves problemas. Es así de simple”. Shapiro ha criticado duramente a Trump a quien ha definido como un «ser humano defectuoso» y reconoció en esa presentación que su candidato preferido era otro, pero resulta evidente que su miedo a una victoria de Biden lo mueve a apoyar cualquier otra alternativa.

Cualquiera de nosotros puede reconocerse en el dilema de Shapiro porque se repite en todas las democracias liberales de occidente. Si bien la polarización es un fenómeno de larga data y hasta esperable en el terreno de la compulsa electoral, esta forma de división exacerbada y tribal de la última década es alarmante: «para que no gobierne la derecha» o «para que no gobierne la izquierda» los votantes están dispuestos a votar seniles, terroristas, ágrafos, locos, delincuentes, un palo de escoba con una calabaza como cabeza o cualquier cosa que los separe del infierno que significaría la opción contraria. Lo curioso es que, mientras la polarización extrema hace que la izquierda corra hacia los postulados del identitarismo más enloquecido, eso que llamamos la cultura woke, la polarización de la derecha hace que asuma los postulados de la vieja izquierda socialdemócrata, cuestionándolos sólo ocasionalmente en el discurso, pero nunca en los hechos cuando llega al poder. ¿Hay alternativas para el votante de derecha?

Cuando faltaban unos pocos años para terminar el siglo pasado y la guerra fría se iba quedando sin combustible ideológico y sin combustible real, las dos cosmogonías antagónicas reformatearon su narrativa, delimitando las ideas en pugna sobre las que se debatiría el mundo occidental en adelante. Es cierto que los conceptos «izquierda» y «derecha» son significantes casi arcaicos, pero a los fines de la economía del lenguaje se puede decir que la izquierda y la derecha reconfiguraron su marco de valores y su relato.

Sobre la brillante forma en la que la izquierda se reinventó mucho se ha hablado, cambiaron su sujeto político, su antecedente condicionante y su estrategia marcial. Sesentayochismo, relativismo, identitarismo, descolonización y varios etcéteras lograron levantar de las cenizas a la izquierda mancillada en muy poco tiempo, tanto económica como políticamente. La derecha, por su parte, también se apuntó sus buenos éxitos de la mano de otra reinvención que señalaba los evidentes fracasos de la planificación centralizada de la economía, del desastre de los Estados de Bienestar elefantiásicos y de la la mano blanda en cuestiones de la expansión mundial del bloque socialista. Reagan en Estados Unidos y Thatcher en Gran Bretaña, sumado a ejemplos equivalentes en el resto del mundo, transformaron la narrativa de la derecha apuntándose, además, contundentes éxitos políticos y económicos.

Los políticos de la derecha occidental aceptaron que la mayoría de las reformas socialistas de sus países, impartidas en décadas de intervencionismo de posguerra, como por ejemplo las prestaciones subsidiadas de salud o seguridad social propias del welfare, eran un ancla al crecimiento y se alejaron del estatismo hacia una cosmogonía más cercana al libre mercado, buscando una alternativa al período anterior de estancamiento económico, crisis social y retirada geopolítica. Se volvió tremendamente popular el proyecto de reducir el tamaño de las administraciones gubernamentales, levantar los valores de la libertad individual, desregular los mercados y reconstruir la fuerza militar. Y la economía comenzó a crecer en esa época mientras en la otra vereda el comunismo implosionaba. En consecuencia no es extraño que la reconfiguración de la narrativa de la derecha se basara en el triángulo formado por el libre mercado, el dominio militar y el gobierno acotado. Pero a comienzos del Siglo XXI todo el apoyo a la trayectoria signada por el reaganismo-thatcherismo se retrotrajo de forma muy marcada y la estocada final la dio la crisis del 2008 que llegó para patear en el piso a una narrativa ya en declive.

Entonces, mientras la citada exitosa reconfiguración de la izquierda no hizo más que cosechar éxitos en todos los planos posibles: cultural, académico, electoral, geopolítico y a causa de esto expandirse a lo largo de este siglo; la, también citada, exitosa reconfiguración de la derecha no dejó de retrotraerse, de vaciarse de contenido, de desilusionar a sus votantes y muy frecuentemente a sí misma. Y así es como cayó (casi) mortalmente la derecha convertida en una especie de embuste tristemente aceptado: una pantomima que pregonaba con admiración las viejas glorias del capitalismo, la importancia de la propiedad privada y de la libertad y al mismo tiempo avalaba una carga fiscal del peor keynesianismo, promovía todo tipo de restricciones al uso del propio dinero y generaba mil y un mecanismos de control social bajo el paraguas buenista del Estado Niñera.

Cada vez que el votante de derecha ha logrado votar una alternativa al modelo paternalista del Estado Benefactor, esta alternativa lo ha traicionado en distinta medida. Hablan en campaña, e incluso en el gobierno sobre ahorro, inversión, responsabilidad individual, libertades, meritocracias, pero ni se molestan en aplicarlo luego para salir del pozo intervencionista. Defienden los mercados libres, mientras suben los impuestos, multiplican regulaciones, crean un soft power socialista dentro de toda la institucionalidad liberal con agencias tributarias feroces y haciendo crecer una burocracia estatal de una forma que enrojecería al mismísimo stalin. Hablan como la derecha, actúan como la izquierda.

Para qué sirve su discurso reaganista-thatcherista si después aplican impuestos universales con pisos confiscatorios, amplían el tamaño de la administración pública y subsidian a todo tipo de desventura inventada por los lobbys colectivistas a los que, previamente, han invitado a medrar a través de capas geológicas de ONGs. Se cuentan con los dedos de una mano los líderes de la derecha, el liberalismo, el conservadurismo o como se los quiera llamar que hayan llegado al poder y no hayan entrado en alguna medida por esta variante. Claro que los abrazamos con ardor “para que no gobierne la izquierda” pero es hora de aceptar este hecho, de dejar las ensoñaciones porque la realidad es porfiada. El presupuesto del Estado presente, las gemelas «asistencia e ingeniería social» siempre están aumentando… y por ende los impuestos.

Este hecho determinante ha contaminado los argumentos a favor de la derecha y ciertamente ha prostituido su utopía. Sin una utopía no tiene sentido la «batalla cultural» con la que tanto se llenan la boca. Así que los mandatarios que terminan siguiendo la corriente, expandiendo el Estado y avalando las argumentaciones de la «justicia social distributiva» han dañado tanto a la opción electoral de la derecha como cualquier narrativa woke de decrecimiento.

No es extraño que el wokismo campe tan a sus anchas actualmente. Si las propuestas sobre bajar impuestos y restringir el gasto terminan siendo papel mojado y no se ponen en práctica el resultado es esa derecha de batalla cultural controlada y buen gerenciamiento de la expoliación tributaria. Porque en las administraciones de la derecha pueden haber gestos icónicos que levanten aplausos: cierres de ministerios feministas, reducción de presupuestos ecologistas, fin de programas subsidiados para la hormonización de niños o endurecimiento de las condiciones carcelarias de los narcos. Todo muy lindo, pero si no se bajan impuestos y si no se reduce al Leviatán, es pura mascarada.

Volvamos a las tribulaciones del pobre Shapiro, la paradoja es que el Partido Demócrata se ha convertido en la usina del progresismo woke, con escoriaciones impensables hasta hace pocos meses, promoviendo un antisemitismo feroz, apañando a regímenes como el cubano, el venezolano o el iraní, abonando el camino para la instalación de narcomilicias en el territorio en el que viven sus votantes… la lista de locuras provenientes de la administración Biden es tan larga como la de los papelones que el presidente comente a causa de su deterioro cognitivo. Y sin embargo es el mejor candidato que tienen los demócratas para representarlos ideológicamente. Ni un milímetro se corre Biden de la narrativa de la nueva izquierda que nació de la reconstrucción post Guerra fría, la sigue al pie de la letra.

En cambio Trump rompió la narrativa reaganista. Es cierto que el dilema de Shapiro se salda en la comparación, Trump es la némesis del progresismo mainstream demócrata y sólo las ampollas que levanta justifican su voto, Shapiro lo dice resignado: «Es simple». Pero sostener el proteccionismo, los subsidios, los mecanismos de control social, el paternalismo no es beneficiar a la narrativa triunfal de la nueva derecha, es homenajear a la narrativa de la nueva izquierda. A la agenda del Partido Republicano la modela el Partido Demócrata. En los términos de la reconfiguración de las cosmogonías ideológicas post Guerra Fría, la candidatura de Biden es la que más respeta la reinvención de la izquierda, pero la de Trump no es la que más respeta la reinvención de la derecha. Biden es una reliquia del movimiento woke, pero quienes busquen una reliquia que represente a aquella derecha de la libertad, los mercados libres y el gobierno acotado están atrapados sin salida, como el resignado Shapiro.

Es la condena de todos los votantes de derecha, mientras el radicalismo izquierdista sí respeta la ideología surgida de su reconstrucción del siglo pasado, la derecha la traiciona usando para ello una polarización ideada para evitar el espíritu crítico. Los políticos han aprendido que les basta con abonar el miedo para someter a todo lo demás. Esto explica hasta qué punto los valores de la derecha, que tantos éxitos cosecharon otrora, han sido removidos por una corriente intervencionista, colectivista y autoritaria, que no se permite perder poder y control sobre los ciudadanos. Es interesante preguntarse, si todos quieren impuestos bajos, mercados libres y gobierno acotado, por qué ninguno los aplica. Estamos en un eterno partido de fútbol donde el penal está siempre mal cobrado para los propios, y frente a eso está mal visto pedir, sencillamente, a nuestro equipo que juegue bien. No hay conclusión luminosa para el dilema de Shapiro, pero así es como cae, desde que comenzó el siglo, la derecha.

Fuente: La gaceta de la Iberosfera

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